Luciérnaga Alucinógena

Dicen que cuando un cuerpo se echa a dormir el espíritu escapa de esos contornos. Yo en verdad no sé qué puede signifcar eso: ¿que pesamos menos dormidos? ¿Que el cuerpo es sólo un vehículo de transporte? ¿Que la auténtica intemperie está dentro? Ni idea. Pero precisamente por eso, porque me fascina todo lo que no entiendo, me entretendré un rato en considerar el supuesto.

El sueño, visto así, proporciona una pausa al personaje exterior, que cede el turno al avatar privado e indómito que todos llevamos dentro: nuestro vecino de cuerpo. De una dimensión a otra, se retira la conciencia y entra a escena la subconsciencia. Lo dice Freud: el sueño es un patio de recreo donde la conciencia se desnuda y echa a brincar libre, profriendo gritos apaches o chamanísticos, según el carácter (o según el día). Todo vale cuando uno no sabe de qué está hablando: ni el Ello, ni el Yo ni el Superyó: el qué sé yo. El caso es que, al menos durante el sueño, no somos del todo responsables de nosotros mismos (de nuestras ideas, de nuestros deseos, de nuestros miedos), no somos responsables de lo que sentimos aun cuando no hay lugar ahí para los fngimientos. Abreviaré con un ejemplo exagerado: el presidente del planeta tiene verdadero pánico a separarse del suelo, pero es tan celoso de su personaje exterior que no se permite la mínima gota de sudor frío cada vez que su avión privado despega rumbo hacia qué importa dónde, si no le llega la camisa al cuello. Con los ojos abiertos, tras el aterrizaje, sabrá propinar un frme, seguro y merecido apretón de manos al comandante de la nave. Sabrá incluso pavonearse entre amigos con chascarrillos sobre azafatas (y le quedarán tan bien, todos aplauden). Pero luego, una vez acostado el cuerpo, una vez sumergido en el territorio espectral de las ensoñaciones, ahí no podrá engañarse: siempre que vuele en sueños se sentirá infnitamente desamparado, una criatura acorralada por sus propios límites, y entonces su corazón se disparará, querrá escaparse, preso del vértigo y la angustia. A vuelapluma diré que con los ojos cerrados, a oscuras, las inquietudes humanas se multiplican por equis.

De eso trata, según creo, el estreno de Dr. Montañés. Uno pulsa play, cierra los ojos y de inmediato se le aparece un demonio en frac invitando a la muchedumbre con histriónicas reverencias: “Bienvenidos a este sueño. Adelante, no se lo piensen, reconozcan sus propios miedos entre la niebla, prueben la experiencia de explorarse por ¡sólo quince minutos! Vivan en primera persona el mundo fantasmagórico de Dr. Montañés. Pasen, pasen y vean”. Y se oyen chasquidos de moscas fritas mientras parpadea el neón del cartel: Luc é aga luci óg na.

Una vez dentro, el espectáculo está servido. Se anuncian cuatro sesiones de thriller gótico. Pónganse cómodos. Aparece en escena el demonio de la entrada, que ejerce también de maestro de ceremonias. Dice llamarse Dmitri Grapelli. Lanza al público un bombín que, milagrosamente, recibimos todos y cada uno de los allí presentes. Sonríe con gravedad, se atusa los cuernos, invoca con voz ajada a nuestra parte de víctimas irremediables y con ese ánimo entramos al primer relato de terror. Ya está sentado al piano, le hace cosquillas diabólicas, arrincona al espectador a la vuelta de una esquina, apocalípticamente le susurra al oído que no tiene prisa, ya llegará su hora…Demasiado irreal para tan pocos preliminares. No estamos preparados, la expectación se torna estremecimiento, el estremecimiento espanto, rogamos auxilio a Dr. Montañés, querríamos salir de ahí en ese momento, el corazón se nos quiere escapar preso del vértigo y la angustia, que detengan el espectáculo en seguida, pero Dr. Montañés no acepta devoluciones porque ya ha sellado un pacto con el diablo, anuncian por megafonía. La fatalidad nos tutea y el pánico nos atenaza. Y así, casi sin caer en la cuenta, mientras aún coletea el vientecillo fabuloso y metálico del anterior, hemos pasado al segundo número. Alguien se reta a duelo desde la canción. Le atormenta una idea que no encuentra salida. De repente el luminoso de la entrada resplandece con todas las letras: Luciérnaga alucinógena sobre el escenario, donde alguien sigue pidiéndose ayuda. Cada espectador se ve a sí mismo en el centro de la escena. El juego infnito de los espejos enfrentados. Ya nadie protesta, ya nadie piensa en abandonar la sala. Puedo verlo: todos lucimos espirales en el blanco de los ojos, que están abiertos aunque se dirían cerrados, pues miran hacia adentro. Cuando suena el primer acorde del tercer número el auditorio ha sido trasladado a un cabaret futurista. La pregunta ahora es: ¿estás seguro de que no eres un mutante? ¿De verdad crees razonable, siquiera discutible, que se haya montado todo esto para ti? ¿No serás tú también parte del decorado?Quedan dos opciones, que en verdad es sólo una: frente al existencialismo, instintos básicos. El fornicio despierta ilusiones de comunión humana, una quimera con que sobrellevar el peso de nuestra sombra. De la cópula al amor (o viceversa) hay sólo un paso, y ha de ser inminente… ¿Pero qué importa, no hemos quedado en que vais a morir?, se encarga de recordar con voz telepática Dmitri Grapelli, que para el último número ha vuelto a hacerse con el mando de la nave mental. “Con mis dos cuernos me hago una trenza / no deberías mirarme mal”, canta mientras nos señala con un dedo que gira enloquecido como una ruleta. Le acompaña una bruja espectral con voz de seda que hace coros a sus advertencias más espeluznantes. Nos han teletransportado al aposento de una mansión del XVII, hay candelabros encendidos, hay crujidos de madera y “… no mirarás mal, no mirarás más, ya no mirarás.” Un reloj repentino marcha hacia atrás y apenas quedan ya unos pocos segundos: tac tic tac y… ¡Ploom! Dmitri cierra la puerta del show al tiempo que el personaje exterior me abre los ojos.

De dimensión a dimensión, de la subconsciencia a la conciencia.
Todo está en orden a este lado.
Cuando salga a la noche contaré a mis colegas cuán fascinante me ha parecido el disco de Dr. Montañés, menudo viaje, os lo juro. Y conste que yo no soy en absoluto idólatra, pero si llegase a conocerle en persona le propinaría un frme, seguro y merecido apretón de manos.

Rosendo Palma

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